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Donde el alma me lleve no es un álbum: es un viaje sin mapas. Canciones que caminan descalzas entre la herida y la revelación, donde la palabra se vuelve ritual y el silencio también canta. Cada tema es una estación del alma. Hay duelo, pero no derrota; hay preguntas, pero no vacío. Todo late con la certeza de que sentir profundo sigue siendo un acto valiente. Este disco no busca respuestas rápidas ni finales prolijos. Se deja llevar —como quien confía— por la intuición, por el pulso ancestral, por la voz interior que sabe antes de explicar. Donde el alma me lleve es eso: entregarse al camino, aunque no tenga nombre… todavía.