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Mozart, sin ser un devoto creyente, volcó en esta obra su portentoso talento dramático y operístico, junto a la pavorosa experiencia de su propia muerte. En julio de 1791 recibio el encargo urgente de componer una Misa de Réquiem. Cinco meses despues, la muerte le sorprendió con la partitura inacabada. El pánico y sus escasa salud explicarían en parte el intenso bloqueo que le impidio concluirlo. Franz Süssmayr, su alumno y amigo, lo finalizó con habilidad, pero sin talento. Las tres partes últimas ("Sanctus", "Benedictus" y "Agnus Dei") parecen ser totalmente de Süssmayer, quien, sin embargo, se sirvió cuanto pudo de la música preexistente de su maestro.