Sentados en torno al fuego, observo sus rostros bailar entre las llamas. Puedo ver en los ojos de mi tripulación el cansancio, la fatiga. Las dudas. El miedo. Ha sido un viaje muy largo. Lo sé. Pero no podemos rendirnos ahora. No, tan cerca de nuestro destino. Alzo la vista hacia el bello firmamento, buscando una respuesta, y las estrellas me devuelven la mirada. Sabían lo que les esperaba cuando zarpamos. Hemos visitado tierras fascinantes, combatido duramente y soportado la furia del mar. Cuando un compañero caía, otro corría a tenderle la mano. Pero las fuerzas les están abandonando. Echan de menos su hogar. A su familia. Lo sé. Han trabajado duro. Se merecen una canción. Una buena. Una que les recuerde por qué iniciamos este viaje. Que les recuerde lo que significa amar, llorar, perder a alguien. El sacrificio, la superación. Valorar la libertad. Alzo la vista una vez más. Las estrellas parecen querer decirme algo. ¿Es eso un barco? ¿Un reino flotando entre las nubes? Me parece ver un cuervo, con sus alas negras, aleteando y posándose sobre un viejo reloj. Una melodía comienza a surgir en mi cabeza. Ahora lo recuerdo, sí... recuerdo aquella vieja historia. La necesitan. Necesitan una buena. Un momento de reposo, una pausa en esta larga travesía. Necesito poner música y letra a aquello que están sintiendo. Para que puedan entenderlo. Porque eso es lo que hacemos, al fin y al cabo. Contarnos historias los unos a los otros. Para aprender. Para recordar. Es hora de volver a Ekyrian. Amigos, acercaos al fuego. Prestad atención. Voy a contaros una historia...