
Vivimos creyendo que el tiempo define lo importante. Que lo que termina… se borra. Que lo que se aleja… deja de existir. Que lo que ya no está… se pierde. Pero nada en el universo funciona así. Hay algo inquietante en las estrellas: no hacen ruido, no insisten, no piden ser vistas. Solo están. Y aun así… cambian la forma en la que vemos la oscuridad. Quizá las personas también sean así. No siempre se quedan cerca. No siempre se entienden. No siempre se explican. Pero dejan algo encendido. Algo que no se apaga cuando se van. Lo que duele no es la ausencia. Es darse cuenta de que sigue existiendo en otra parte. En un lugar que ya no podemos tocar, pero tampoco olvidar. A veces se vuelve una canción. A veces un recuerdo que llega sin permiso. A veces una calle que evitamos mirar demasiado tiempo. Y ahí lo entendemos todo sin que nadie lo diga: amar no era tener. No era retener. No era ganar presencia. Era aprender a existir con lo que se queda dentro, incluso cuando ya no está afuera. Y aun así… hay algo extraño de aceptar: Que algunas personas se convierten en luz. No porque estén cerca. Sino porque, aunque estén lejos… todavía alcanzan a iluminarte. Y cuando el silencio lo ocupa todo… cuando ya no hay nada que buscar… solo queda entender que no se fueron. solo cambiaron la forma en la que siguen contigo. De entender que solo fuimos la estrella de alguien más...