No tuve tiempo ni de decir nada antes de caer de cabeza en otro mundo. Aterricé en un desierto que parecía salido de un sueño raro: dunas infinitas, pirámides gigantes y un calor que me abrazó como si me odiara. Me sacudí la arena —que se metió en lugares donde no sabia que podia tener arena— y traté de entender dónde estaba. A lo lejos, vi sombras ondulantes moviéndose con un ritmo extraño… pero con ese sol cualquiera podía estar viendo cosas. Tal vez eran criaturas antiguas… o tal vez mi cerebro ya estaba diciendo “basta”. Seguí caminando hasta que escuché un sonido suave, como un llamado. Lo encontré medio enterrado entre la arena: una flauta vieja, decorada con símbolos que no entendía. Estaba caliente como si hubiera estado esperándome. Y ahí cometí el error más tentador del universo. Apenas soplé la primera nota, el aire vibró. La arena se levantó. El suelo empezó a temblar como si algo enorme se hubiera despertado después de miles de años. Una luz brillante salió desde una de las pirámides y, entre el remolino de polvo, emergió una figura felina gigantesca. Era Bastet. No parecía enojada… más bien sorprendida, como si pensara: “¿En serio este humano me despertó tocando una flauta random?” Entre la brisa caliente, las ruinas y esa presencia imponente mirándome fijamente, entendí que no había caído en aquel desierto por accidente. Había sido arrastrado a Sandopolis para vivir una aventura que apenas estaba comenzando. Y sí… tal vez no debería haber tocado esa flauta. Pero tampoco me arrepiento.